
Se encontraron en una calle de la manera más inesperada una tarde lluviosa de tráfico insoportable. Los estados de ánimo de aquellos que se encontraban conduciendo, a juzgar por la sinfonía de bocinas, dejaban adivinar la absoluta desesperación que reinaba en el ambiente. Él iba sentado en la banca trasera de un taxi mugriento con la ventana entreabierta para minimizar el olor a gasolina que expelía el interior del vehículo, ella iba en un BWM negro, no muy reciente, con los vidrios arriba, quizá escuchando música a todo volumen para no entrar la atmósfera exterior.
La reconoció al instante, el pelo castaño y ondulado, la nariz grande y puntiaguda y la boca de puchero eterno. Se bajó sin pensar en el taxista o la muy probable reacción de ella cuando lo viera acercarse. No se preocupe, le dijo al conductor, voy justo a tres carros de aquí a saludar una amiga que me acabo de encontrar. Dejó la puerta entreabierta sin dejarle tiempo de pronunciar palabra, y con paso acelerado se dirigió hacia ella pasando difícilmente por los pocos espacios que quedaban entre los parachoques.
Iba pensando en qué decirle para no se asustarla al acercarse a su ventana. Lo más seguro es que lo confundiera con un limpiador de parabrisas pidiendo plata o un vendedor más de Calendarios Bristol, en el mejor de los casos. Empezó a hacerle señas con las manos para llamar su atención pero lo único que consiguió fue que su mirada se dirigiera hacia el lado opuesto. Se detuvo en su puerta y la miró fijamente. Después de unos segundos, ante su completa indiferencia, resolvió llamarla por su nombre. Nada. Ni siquiera se resignaba a voltear la cabeza. Los conductores alrededor no podían más que contemplar la escena y él aprovechó esta circunstancia para clamar en voz alta que ella lo conocía, pero que se estaba haciendo la difícil. La llamó entonces por su nombre y su apellido, y acompañó su voz golpeando suavemente el vidrio con los nudillos de su mano.
―¿Qué haces aquí? –preguntó ella con cara de asombro mientras bajaba el vidrio.
―Lo mismo que vos, disfrutando este trancón ―respondió apuntando sus labios hacia el taxi.
―¿Pero cómo así? ¿Qué hacés en Bogotá?
―Estoy de paso, aunque quizá me quede unos días más de lo planeado. Y vos, ¿qué hacés aquí en Bogotá?
―¡Uf¡ Es una historia larga. Bueno, pero… ¿Y cuándo nos vemos? Aquí está como complicado hablar, vamos a tomarnos algo, ¿te parece?
―Claro, dame tu celular, te llamo en un rato y cuadramos para vernos esta noche.
Se despidieron de beso en la mejilla y volvió a subirse al taxi que ya estaba esperándolo unos metros más adelante de donde se había bajado. Se deshizo el enredo vehicular y pudieron despedirse con un gesto de la mano antes de perderse de vista. Esa misma noche se encontraron en un bar en la zona rosa de la capital. Pidieron dos tragos y se desatrasaron de noticias. La conversación era animada, y a medida que avanzaban en licor, iban contándose más intimidades.
―Me voy para Tokio la próxima semana―dijo ella. –Voy a visitar un maestro joyero.
―¡Qué interesante! ¡Y qué envidia me da! Me haces pensar en Lost in translation.
―¿En qué?
―En la película de Sofía Coppola, Lost in tranlation, la traducción en español es Perdidos en Tokio.
―¡Ah! No la he visto –respondió ella.
―¿Cómo es posible que no hayas visto Lost in translation? ¡Está en mi top 10 de películas!
―Pues no, no la he visto. Creo que nunca he visto una película de ella.
―¿Ni siquera El Padrino que es dirigida por su padre?
―Ni siquiera El Padrino –dijo con vos de culpa― He escuchado muchos comentarios de la película, pero nunca la he visto.
―¡Es un clásico! ¡No puedes andar por ahí sin haber visto El Padrino!
―Bueno –retomó ella― ¿Pero y qué tiene que ver eso con mi viaje a Tokio?
―Pues que Lost in translation es sobre Tokio, precisamente. Tienes que verla, sobre todo si te vas la semana entrante para allá.
―¿Es un documental sobre la ciudad?
―No, al contrario –dijo riendo ―Es una historia de amor. Sacó su tableta digital, se conectó al wi-fi del bar y le mostró el afiche oficial de la película.
―¡Pero si es Bill Murray el de los Cazafantasmas!
―Si, con Scarlett Johansson. ¡La más hembra de todas las hembras del mundo mundial!― respondió él sin poder contener una sonrisa maliciosa.
Se notaba que le gustaba emplear esta expresión, esa especie de redundancia coloquial y mañé. Era uno de sus recursos de seductor, hablar de una actriz conocida e insinuar su parecido con ella. Sin soltar la imagen de la tableta digital donde unos enormes y redondos pechos explicaban el gran potencial de la actriz, llamó al mesero y pidió un trago doble, porque se le secaba la boca viendo esa foto, dijo. Ella pidió lo mismo, dejándose llevar por la coquetería de una mirada que había bajado varias veces. Se pasaron al whisky. A medida que la noche avanzaba, el bar tenía la costumbre de subir gradualmente el volumen de la música hasta que la gente terminaba bailando sobre las mesas y algunas solteras alborotadas se trepaban a la barra para mover sus caderas. Se vieron obligados a acercars. A ella le intrigaba la historia de amor de la película y le pidió que le contara la trama, pues no estaba segura de tener tiempo suficiente para verla, si acaso la conseguía en DVD, antes de irse para Tokio. Ante una petición semejante, adornada por una mordida de labio inferior, entre sexy y ansiosa, no tuvo más remedio que contarle la historia.
Primera escena: un ascensor, diez japoneses y un gringo en medio, todos encorbatados. La diferencia de altura es flagrante, el americano les lleva por lo menos una cabeza y media a todos. A un costado, una rubia en medio de los japoneses, mirando el indicador del piso. Sus miradas se cruzan, ambos saben que son extranjeros, sonríen.
Segunda escena: él tomando whisky en el bar del hotel, ella un poco más atrás, en la zona del restaurante, cenando con su esposo. Al fondo sobre una tarima, un grupo de jazz. Los días pasan y la escena se repite. Durante el día, él se dedica a filmar un comercial sobre whisky, es la imagen de una marca escocesa. Ella se aburre en el hotel mientras su esposo sale a trabajar, es fotógrafo. Al día siguiente, el esposo se encuentra una vieja amiga en el lobby del hotel, una chica superficial y tonta, una actriz de Hollywood. Cenan por la noche todos juntos, con los amigos de ella. Billy sigue en el bar, tomando whisky, mirando al vacío. Ella se retira de la mesa de su esposo, aburrida, y se acerca a él en el bar. Enciende un cigarrillo e inician una conversación, las preguntas de base. Le cuenta que su esposo se va la mañana siguiente por unos días, le propone ir a una fiesta con amigos locales, si acaso no tiene nada interesante que hacer.
Tercera escena: se divierten como adolescentes con los japoneses, hacer una ronda de bares, karaoke, terminan en el apartamento de un hippie, fuman, beben. El lleva puesta una camiseta amarilla al revés, ella lleva una peluca violeta. Terminan la velada a la madrugada, donde un propietario de una discoteca los saca a punta de balas sintéticas por no sé qué problema con uno de los integrantes del grupo. Amanecen caminando por las calles de Tokio, la ciudad se despierta a trabajar, ellos se van al hotel a dormir a sus respectivas habitaciones. Pasan los siguientes días juntos, visitando la ciudad, comiendo en restaurantes.
Cuarta escena: pese a la diferencia de edad, ella se siente atraída. Lo encuentra en el bar tomando whisky, hablan de sus relaciones amorosas respectivas. Él está casado desde hace más de quince años, ella a penas empieza su matrimonio, se siente perdida. El mismo grupo de jazz toca al fondo. Pasada la media noche, suben a sus habitaciones, se despiden de beso andeniado en el ascensor. No pueden dormir, no logran habituarse al horario de Tokio. Él decide bajar otra vez al bar, no le queda más remedio. Lo último que recuerda es la melena de la cantante del grupo de jazz hablándole. Una mujer madura y atractiva que lo sorprende saliendo de la ducha al día siguiente, la toalla en la cabeza. Suena el timbre, es Scarlett, lo quiere invitar a visitar otro monumento en la ciudad, al ver que está acompañado por una mujer, sale despavorida.
Quinta escena: por la noche, van a cenar a un restaurante de bajo perfil en Tokio, comen cualquier cosa, escogiendo los platos de la carta por las fotos. Hablan hasta que cierran el lugar, y regresan caminando al hotel. Ella trata de ser espontánea pero le pregunta por la cantante de jazz, él evade la respuesta, le da a entender que la culpa la tuvo el alcohol, que no le interesa repetir la experiencia. Se van a dormir. No pueden dormir pensando cado uno en el otro. Él le pasa un papelito por debajo de la puerta, le pregunta si duerme. Ella le abre la puerta, se sientan a ver televisión junto con una botella de vino. Terminan conversando acostados sobre la cama. Él acaricia sus pies, ella se duerme.
Sexta escena: llega la hora de despedirse, él regresa a casa, ella se queda unos días más. Se dan cita en el lobby, ella le entrega el saco que había olvidado en su cuarto. Se abrazan, se desean buena suerte. Se sube al auto que lo debe llevar al aeropuerto, tiene el corazón comprimido. Por la edad podría ser su padre, no fue capaz de besarla, mucho menos de tocarla. Piensa en el regreso, su esposa, los niños, la remodelación de la casa. Ella sale del hotel no por la gran avenida sino por la calle peatonal de atrás, la que da a la zona comercial. Su caminar denota tristeza, soledad, sus ojos aguados miran hacia el cielo buscando una respuesta. El auto dobla la esquina, él la ve caminando entre la gente, su cabello rubio es muy fácil de distinguir en medio de los transeúntes japoneses. Le pide al chofer que se detenga, en la mitad de la avenida, se baja, sale corriendo en su busca. La llama antes de llegar a ella, se voltea, se abrazan. Al bajarla, se besan. Se separan lentamente y se quedan mirándose a los ojos por un instante, una sonrisa alegre se dibuja en sus rostros. Antes de partir, se acerca a su oído y le susurra la frase más linda que jamás un hombre le haya dicho a una mujer. Ella sigue su camino, él se va en busca del auto y se voltean para darse el último adiós de la mano. Fin.
―Ok. ¿Pero qué le dice al oído?
―¡Ah no! No te voy a decir, para eso tienes que ver la película.
Santiago Benazra
08.05.2013