Nataly

Nataly nació con dos astros. Desde niña, nunca tuvo que preocuparse por su belleza ni por su inteligencia, le bastó con escuchar los consejos de su madre para sobresalir en cualquier situación. Sigue el camino de tus astros, sé natural y espontánea, y tendrás el mundo a tus pies, decía. Todos los días, repetía su oración al empezar la jornada, era su mantra personal: el sol me da inteligencia, la luna me da belleza.

Había hecho sus estudios secundarios en un buen colegio de la capital y se había destacado por ganarse, casi siempre, el primer puesto en la clase. Esto le había creado también ciertas envidias con los compañeros, pero era tan simpática y tan hábil, que lograba echárselos al bolsillo con cualquier gesto cariñoso. Sabía muy bien que la inteligencia emocional era un arma que pocos lograban detectar, sobre todo si la utilizaba a largo plazo. 

La niña más simpática del colegio, resultaba ser también la más linda, y para desgracia de la mayoría de sus compañeras, la mejor alumna. Pero todos la adoraban, los hombres querían ser sus novios, las mujeres su mejor amiga. Cuando cumplió quince años, hizo una fiesta apoteósica donde invitó a todos los cursos de su colegio, desde noveno hasta onceavo de bachillerato, confirmando así que era, no sólo la vedette de su generación, sino de todas de ahí para arriba, y su habilidad de anfitriona la había demostrado creando dos ambientes, uno para los jóvenes con música de moda y otro para los padres de familia y los profesores. A un lado, un disc-jockey, al otro, una orquesta. 

Durante mucho tiempo la gente no hizo más que hablar de aquella noche. Parejas se habían creado, otras habían terminado, un par de padres solteros se encontraron y hasta el profesor de matemáticas le confesó amor eterno a la profesora de historia. Las redes sociales se llenaron de fotos, los chismes fueron y volvieron y nuevas leyendas urbanas nacieron. Hasta el periódico local le había consagrado página entera a la fiesta en su sección Sociales.

La época de la Universidad Nacional había sido similar. Se había inscrito en la Facultad de Antropología y desde los primeros semestres sobrevoló las asignaturas con facilidad. Con asistir a clase le bastaba, no necesitaba repasar. Su tiempo libre lo dedicaba a la literatura y cuando se cansaba de leer, sacaba una receta nueva de internet y la ponía en práctica. Todo le quedaba delicioso, salvo el arroz. Podía ser experta en postres, cocina francesa e italiana, pero nunca logró ser buena en cocina criolla porque no podía con el famoso grano blanco. Era tan patética haciendo arroz, que cuando invitaba gente a cenar, lo pedía a domicilio. 

Quizá fue por eso que Sebastián se enamoró. Se habían conocido durante un taller de fotografía a mediados de año. Cuando ella le preguntó por qué estaba haciendo el curso sabiendo que estudiaba culinaria, él le respondió con una sonrisa en los labios: para tomarle buenas fotos a mis platos. Le encantó, y lo invitó a cenar junto con sus compañeros de facultad, para que la cosa no pareciera tan apresurada. Le contó que estaba aprendiendo a cocinar en sus ratos libres y que necesitaba la opinión de un experto. Cuando todos se fueron, terminaron en el sofá tomándose lo que quedaba en las botellas de vino, y amanecieron sobre la alfombra, desnudos y enguayabados. Ahora vas a probar un buen brunch, dijo él poniéndose la ropa. Al abrir la nevera descubrió la cajita de cartón donde venía el arroz de la cena.

–¿Y cuánto tiempo duraron juntos? –le pregunté llevándome la taza a los labios.

–No mucho, unos seis meses o así.

Habíamos cruzado la carrera séptima a la hora del receso en busca de una bebida caliente y una mesa donde poder sentarnos para conversar. El taller de escritura pintaba bien, teníamos muchas ganas de hablar al respecto. Pedimos dos aguas aromáticas, deliciosas por cierto, y por ahí empezamos nuestro diálogo, nuestro ejercicio de conocimiento rápido.

–¿Y ésa fue tu última relación? –pregunté.

–No qué va, fue la primera de una serie de relaciones amorosas infructuosas. 

–¿Tenés hijos?

–¿Por qué tienes ese acento valluno? –preguntó ella, sonriendo –No, no tengo.

–Porque crecí en Cali.

–¡Qué rico Cali! ¡Me encanta esa ciudad! Es más, estoy planeando irme a vivir un tiempo allá.

–Pero, ¿por qué estás haciendo este curso entonces?

–Porque quiero aprender a escribir, en mi trabajo me toca escribir mucho, pero es más bien técnico. Quiero enfocarme en la creación narrativa, quisiera publicar un libro.

Silencio.

–Cali es una ciudad agradable pero me queda pequeña –dije. La gente es muy amable, la brisa por las tardes es deliciosa y las mujeres son hermosas. Pero querés buscar una buena película y lo único que encontrás es cine comercial. Igual pasa con las librerías y todo lo cultural, en general, no hay mucha oferta.

–Bogotá es caótica, estoy saturada, necesito un cambio. Me encanta mi trabajo aquí, pero siento unas ganas inmensas de vivir un tiempo por fuera de esta ciudad, y quizá regresar con más ganas de vivir aquí.

–¿Estás saliendo con un caleño no es cierto? –le pregunté masticando una fresa.

–¿Por qué sabes? –respondió ella sin disimular una sonrisa cómplice.

–Porque nadie se va a la Provincia si no es por amor o por un muy buen trabajo. 

Y repentinamente cambiaron de tema. Empezaron a hablar de cine, de las últimas películas que habían visto en el género de la ciencia ficción, y de por qué ésta era mejor que aquella. Hablaron de escenas específicas, de la fotografía, de los efectos especiales, de los personajes, de las tramas, de las escenografías, de los directores, de los clásicos. Luego hablaron del taller de escritura, de las expectativas que tenían, del teatro donde se realizaba, del centro de la ciudad, de la carrera séptima convertida en calle peatonal, y diciendo esto vieron los demás compañeros entrando, y se bogaron lo que les quedaba de agua aromática, cruzaron la calle, y entraron junto con los demás, subieron los cinco pisos por las escaleras y se sentaron juntos en el teatrino, el corazón en la mano por el esfuerzo físico. 

Les habían pedido escribir un texto de tres páginas sobre el compañero que habían escogido para el ejercicio. Nada, no lograba escribir un texto con un argumento basado en su crespo pelo negro o en sus pequeños ojos detrás de las gafas, negras también. Le dio vueltas al asunto durante varios días, imaginó tantos escenarios que al final optó por no escribir ninguno. Escribir algo sobre su pasado sin conocerlo, no era muy sensato. Imaginarse más bien su futuro próximo, sería quizá más interesante.

Trasladó su computador portátil del estudio al sofá de la sala, se sentó con él sobre sus muslos e imaginó entonces la historia de Nataly de la siguiente manera : 

Creó una mujer de treinta y tres años cuya juventud había sido color de rosa. Era linda e inteligente, y como si fuera poco, apreciada por todos, carismática, espontánea, valiente, con una personalidad arrolladora, de ésas que no dejan indiferente a nadie cuando la conocen. Imaginó también el papel que haría su madre, o más bien, la importancia de la educación, lo que habría de transmitirle y que le sirviera para afrontar la realidad de la vida adulta. La crió casi como a un ser místico, de ésos que nacen con estrella. A falta de una, le otorgó dos. Un dúo de astros. El primero la dotaba de belleza, el segundo de inteligencia. El sol y la luna, el día y la noche, complementarios. Lo que su madre nunca le enseñó, es que esos dos astros no le servirían para nada en asuntos de amor. La imaginó casi perfecta, el único gran defecto que le atribuyó (y no se le ocurrió nada más original) era que no sabía hacer arroz. Por lo demás, la involucró en relaciones amorosas varias, algunas pasajeras y otras medianamente serias, hasta que conoció un caleño que la hizo cambiar de ciudad. 

Con él conoció el verdadero amor, o al menos lo que ella pensaba que era un gran amor, para toda una vida. Pero todo no podía ser tan perfecto, algo tenía que sufrir. Después de casarlos, de convertirlos en padres de familia, después de haberlos hecho famosos, ella como anfitriona y organizadora de fiestas apoteósicas (talento que descubrió haciendo su propia fiesta de quince años), él como gran cineasta en la sucursal del cielo. Cali, desde que  había estrenado el sistema de transporte masivo llamado Mío, se había convertido en una de las capitales más importantes en términos del séptimo arte y ellos estaban viviendo su apogeo. 

Después de los años dorados, los separó, los divorció, y la envió de regreso a su ciudad natal, con su “chino al hombro” como dicen. Ya las cosas no fueron igual que antes en la capital. Al principio, Nataly vivió donde su madre, quien se ocupaba del niño, y ya cuando encontró un buen empleo, pudo independizarse. Consiguió un trabajo donde tenía que escribir mucho, sobre todo textos técnicos y reportes. Pero eso no la satisfacía del todo, sentía que algo le faltaba, además de un compañero. Había pasado más de un año desde que se había separado del padre de su hijo, su corazón seguía comprimido. Se refugiaba leyendo novelas de amor, y escribiendo su diario y algunos cuentos. 

Al año siguiente, postuló para un curso de escritura del distrito y se ganó el cupo. Estaba muy entusiasmada, conocería mucha gente, compañeros con quien compartir una misma pasión, y tendría la mente ocupada. Lo que más le gustaba, era sentirse libre, saber que empezaba una nueva aventura, lejos de la rutina de ser simplemente madre o empleada. 

Decidió escribir una novela autobiográfica, las herramientas narrativas que  aprendía en el taller de escritura, la hacía sentirse segura, quería tomar el riesgo. De alguna manera, tenía que plasmar sobre papel su historia de amor, deshacerse del dolor, liberarse del pasado. Así fue como empezó:

 “Nataly nació con dos astros. Desde niña, nunca tuvo que preocuparse por su belleza ni por su inteligencia, le bastó con escuchar los consejos de su madre para sobresalir en cualquier situación. Sigue el camino de tus astros, sé natural y espontánea, y tendrás el mundo a tus pies, decía. Todos los días, repetía su oración al empezar la jornada, era su mantra personal: el sol me da inteligencia, la luna me da belleza.

Santiago Benazra 

20.05.2013