Rojo

Todo estaba listo, sólo faltaba cerrar la puerta. Pasó el pórtico mirando el suelo, dio media vuelta y agarró el pomo con la mano izquierda. Mientras que en la mano derecha sostenía el tiquete y el pasaporte. Recorrió la habitación con una última  mirada y cerró la puerta en cámara lenta, como si estuviera cerrando un capítulo de su vida, como si estuviera volteando la página de un libro que apenas empezaba. El suspiro le duró hasta el aeropuerto y se le quitó con los primeros remesones del vuelo, le tenía pánico al avión. 

La Ciudad Luz se materializó en un tipo alto que la recibió con los brazos abiertos y una amplia sonrisa, unos cabellos rubios en desorden y unos pantalones color caqui ajustados a la entrepierna que definitivamente combinaban perfecto con su acento. Para cuando llegaron a su diminuto apartamento, ya todo el sufrimiento que el viaje le había procurado había quedado en el olvido.

Mucho vino, muchos quesos, muchos museos, mucho amor. Tanto, que cuando regresó a su país natal un año después a pasar  vacaciones de fin de año, tenía la impresión de que todos estaban equivocados al decir que París era muy lindo, pero que el metro olía a mierda. El amor neutraliza las glándulas olfativas, le decía su madre. El día en que te moleste el olor de sus pies o los calzoncillos sucios tirados en cualquier parte, ése día sentirás un amor diferente.

Los dos primeros años pasaron tan rápido que a duras penas se había dado cuenta que los árboles perdían sus hojas en otoño y florecían en primavera. Mucha fiesta, mucho vino, muchos museos, mucho amor. Tanto, que los cabellos rubios en desorden empezaron a enamorarse no solo de ella, sino del país del que ella tanto hablaba. Y llegó la navidad con sus encantos, sus traumatismos y sus viejos vestidos de rojo y barba blanca por todas partes. Durante una de esas noches de mucho sexo, haciendo planes y analizando itinerarios, agenda y mapa en mano sobre la cama, decidieron ir a conocer los padres de ella. Ya sentados dentro del avión le contó su miedo, y que la perdonara si se pasaba un poquito de tragos, pero que necesitaba dormir las once horas del vuelo, y se bebió cuatro botellitas individuales, dos de aperitivo y dos después de la cena. Mucho vino, y mucho durmió.

Durante quince días, el sancocho de gallina, el tamal, el ajiaco, la bandeja paisa, el bofe y la chunchulla, el chontaduro y los jugos naturales, sin olvidar el aguardiente, les hicieron olvidar la famosa bebida extraída de las uvas. Como era de esperarse, los cabellos rubios en desorden se enamoraron perdidamente de la gastronomía del país, sus paisajes y sus gentes, y decidieron instalarse. Él encontró un trabajo de actor de telenovela, le dieron el rol de galán por sus ojos azules y su estatura imponente. Ella encontró trabajo en la redacción de una pequeña revista de moda.

Pasaron tres años llenos de alegría, mucha vida social, mucha fiesta, muchos restaurantes, pocos museos y mucho vino, hasta el día en que ella descubrió que estaba siendo interrogada en la comisaría por la muerte estrepitosa del que fuera hasta ése entonces su compañero. Había tomado uno de los tantos taxis amarillos de la capital para dirigirse a su trabajo, de esos que aprovechan que el tráfico está suave a la madrugada para andar a toda velocidad, y se había cruzado en su camino con una de las tantas busetas verdes, de esas que aprovechan que el tráfico está suave a la madrugada para no respetar los semáforos. Del taxi no había quedado nada, tan sólo una bola de chatarra amarilla salpicada de rojo por dentro. De la buseta no quedó sino un puñado de pasajeros traumatizados por el accidente, todos indemnes. 

Odió su país, odió su gente, su cultura, su sistema. Maldijo los taxistas, maldijo el gremio de conductores, maldijo los policías, el presidente, maldijo las putas calles que la vieron nacer, maldijo su familia y su destino y se subió al primer avión transatlántico con el corazón entre sus manos como único equipaje. Regresó a la Ciudad Luz para sentirse más cerca a él. Mucho trabajo, mucha soledad, mucho cine, mucho frío, mucho vino. Un lustro pasó y agarró el teléfono por primera vez para anunciarle a su madre que había tomado la decisión de rehacer su vida, no con otros cabellos rubios despeinados, sino con unos cabellos negros ordenados, que quizá la estarían esperando si regresaba a su país.

No podía llegar a la casa de sus padres, a la misma habitación, ésa donde había dormido con él, ésa en donde habían celebrado veladas interminables a la luz de una vela y coloreados por cientos de botellas de vino, ésa que estaba llena de fotos de todos los paseos y las fiestas que alcanzaron a ir durante esos tres años maravillosos, los mejores de su vida. Quería algo diferente, quería un espacio baldío, limpio, puro, inmaculado. Ordenó quitar todos los recuerdos, todos los muebles, ordenó pintar todo de blanco, mucho blanco, empezar  un capítulo nuevo. Pasó el pórtico de la puerta, se sentó en la cama y con un gesto lento puso sobre la mesa de noche blanca lo único que tenía de color, sus lentes rojos.

Santiago Benazra

10.04.2013