
Viene de Historia Personal parte 4
¿Volvería a estudiar Arquitectura? ¡Por supuesto que NO!
Durante los últimos años, y en especial durante los últimos meses, me he planteado esa pregunta. Tengo un hijo que cumplirá 15 años dentro de poco y hemos venido conversando (aunque no mucho), sobre su futuro. Él quiere ser futbolista profesional, sueña con ser el próximo Ronaldo (aunque ha perdido un poco de fuerza esa ilusión), y yo le patrocino la idea siempre y cuando estudie alguna carrera.
Pero, «aquí entre nos», llegar a jugar fútbol a nivel profesional es una misión casi imposible, a no ser que uno tenga un talento descomunal como el de Luis Díaz, relaciones con las altas esferas del fútbol (además del talento descomunal), o una suerte increíble de que alguien te fiche (además del talento descomunal).
Hace un par de semanas, se fracturó la muñeca en un partido, y a mí se me fracturó el alma cuando vi su mano como una escalera. A raiz de eso, me soltó un comentario sobre su carrera del fútbol, y los estudios universitarios que empiezan a llamarle la atención.
¿Aconsejarle a mi hijo que estudie Arquitectura? ¡No existe la más mínima posibilidad!

No es una profesión rentable, no da plata, solo problemas. No es una actividad económica que funcione sola, como un fábrica de pan. No hay manera de automatizar ningún proceso, a no ser que seas el dueño de una gran constructora con muchos empleados.
Pero si eres independiente, como yo, no hay manera de ausentarse unos días y vivir tranquilo unas vacaciones mientras no sabes qué diablos está pasando en la obra.
Estudiaría otra cosa si volviera al pasado, publicidad, marketing, ingeniería de sistemas, programación, cine o incluso contabilidad.
Por ejemplo, a mi hijo, le hago mucho énfasis en los temas relacionados con la programación y las computadoras. Pero no puedo obligarlo a que le guste algo, es imposible. El futuro está en lo digital, y todas las ramificaciones que eso pueda tener.
En la facultad, estudiamos Arquitectura soñando que haremos grandes proyectos que publicarán en libros y revistas.
Yo, por ejemplo, me demoré 10 años en graduarme de arquitecto, y pasé por 4 universidades. Cuando llegué a Francia en los años 2.000, me tocó prácticamente empezar la carrera de ceros, después de haber cursado 8 semestres en Colombia. Tuve que hacer un gran trabajo interior para encontrar la motivación y seguir adelante con la carrera, y graduarme 4 años después. Estuve a punto de abandonar varias veces.
En esos momentos de duda y desconcierto, si hubiera tenido el conocimiento y sobre todo la experiencia que tengo hoy, hubiera renunciado a los estudios de arquitectura, y me hubiera buscado otra profesión, algo más divertido, y sobre todo, sin tantos problemas en el día a día.
A lo largo y ancho de este blog he repetido hasta el cansancio que el «arquitecto» es básicamente un «solucionador» de problemas.
¡Nos pagan por solucionar los problemas! ¡multiplicalo por 15 o 18 contratistas!
Hoy, miércoles 29 de junio de 2022, estoy un poco bajo de energía, es cierto. Pero tengo que catalizar todos estos pensamientos en ideas concretas, y quizá, tomar algunas decisiones.
Retomo esta Parte 5 que empecé el pasado 6 de abril, mucho antes de las elecciones presidenciales que acaban de pasar. Y si, tengo que hablar de eso, no de política, ni de afiliaciones, pero sí de lo que podría cambiar de aquí en adelante.
Dos personas cercanas a mi círculo profesional han declarado haber perdido contratos grandes a causa del resultado de las elecciones. El inversionista se retractó.
¿Ser pesimista o confiado? ¿Ver el vaso medio lleno o medio vacío? Siempre trato de verlo medio lleno.
Pero la realidad de esta profesión (hablo de los arquitectos independientes) depende más de factores externos que de la propia motivación interior para seguir adelante. El que no cree en Dios y en los ángeles termina creyendo por fuerza mayor.
Julia Morgan, la arquitecta pionera que construyó más de 700 edificaciones.
No tenía idea alguna sobre esta sobresaliente y particular arquitecta americana, tengo un recorte del periódico El Tiempo con fecha de 19.06.2022 que mi suegra amablemente me entregó.
Leí todo el artículo, más bien interesante, página entera, sobre esta arquitecta californiana, ingeniera de formación, se fue a estudiar arquitectura a París a finales del siglo XIX, y regresó a San Francisco un poco antes del terremoto de 1906.
Gran parte de la ciudad quedó destruida y un campanario de su autoría, resistió el sismo como ninguna otra edificación. Se volvió la arquitecta más solicitada del momento. No me imagino diseñar y construir más de 700 proyectos, es una barbaridad.
¿Por qué vengo con este cuento? Porque esto ilustra perfectamente lo que he dicho anteriormente, que los arquitectos que sobresalen son un puñado entre millones. Una mezcla de buena suerte, karma, estrella, relaciones sociales, familia, y muchos otros factores.
¿Y entonces qué hacemos arquitecto?
Pues no sé qué vamos a hacer. Una opción sería cambiar de profesión o tener otra fuente de ingresos, o «ambas dos», como dirían por ahí.
La profesión de arquitecto está muy subestimada, subvalorada, menospreciada, por decirlo diplomáticamente.
No dan ganas de seguir haciendo esto, de verdad.
Te lo voy a explicar con una metáfora para que me entiendas un poco mejor.
Imagina que vas de viaje por tierra, en tu auto, con tu familia, Bogotá-Cartagena.
Y cada 20 km se pincha una llanta, y claro, te toca vaciar completamente el baúl del carro para sacar la llanta de repuesto. Imagina hacer un trayecto tan largo con tantos pinchazos, en donde casi no puedes avanzar.
Así son las obras, como pinchar cada 20 km.
Y cuando llegas al destino ya todo te sabe a mierda.
Quizá entiendas por qué ahora, a mis 45 eneros, me he vuelto tan «selecto» con las obras que decido realizar.